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Aquel invierno de hace 25 años

 Lo que voy a contar a continuación ocurrió hace ya más de 25 años. Cuando yo tenía 16 años, concretamente cuando estaba en 3º BUP en un día de Febrero de aquel año. Pero antes de adelantar lo que ocurrió aquel día de Febrero hay que poner en antecedentes varias cosas acerca de Mamen y yo.

Mamen es mi vecina. Es dos años mayor que yo. Es decir, que ella en aquella época tenía 18 años pero en la adolescencia dos años es muchísimo tiempo, yo la veía desde mis 16 años como una mujer super mayor, responsable, seria y adulta, mientras que yo seguía siendo un crío a mis 16 años. Puede que solo nos separasen dos años pero para mí la diferencia entre ambos era como de 20 años pues era tan diferente a mí y la veía a un mundo tan lejano al mío de adolescente atontado que no entraba ella en mi órbita de las cosas que pasaban a mi alrededor.

Y sin embargo a pesar de todas esas diferencias éramos amigos y, lo más importante, estábamos en la misma clase del instituto pues ella había repetido dos cursos por ser mala estudiante. Algo que había cambiado por completo y se había convertido en una persona super responsable, seria, trabajadora, buena estudiante y madura. Eso llevo a que absolutamente todas las tardes quedásemos en su casa para hacer los deberes y para estudiar al estar en la misma clase.

Puedo asegurar que nunca, absolutamente nunca, me fije en ella como chica. Digamos que a sus 18 años la veía como muy mayor, como muy diferente a las crías que a mí me gustaban y con las que tonteaba en los bares y discotecas a mis 16 años. No podría decir ni siquiera si era guapa o estaba guapa pues ni me fijaba en eso. Era solo mi amiga, mi vecina y una tía con la que me llevaba muy bien desde siempre y con la que me compenetraba de maravilla pero esos dos años que nos separaban era una burrada de años en mi mentalidad adolescente y nunca se me pasó por la cabeza que pudiera ser una chica que me pudiera interesar y gustar. Era solo Mamen y nada más. Lo curioso es que ella se sintiera también agusto estudiando y haciendo con los deberes con alguién dos años más pequeña que ella y tan inmaduro, crío, pueril y atontado que era yo en esos momentos. Supongo que la despertaba cierto instinto maternal o de cariño o yo que sé pues visto ahora en perspectivas 25 años después no tiene mucho sentido esta relación y amistad con tantas diferencias entre ambos.

Pues bien, todo cambió un día de Febrero. Me acuerdo perfectamente. Había sido un invierno durísimo, muchísimo frío y tiempo desapacible y horrible. Y de repente ese día de Febrero (debía ser 15 ó 16 de febrero) salió inesperadamente un sol espectacular y empezó a hacer un poco de calor y se puso un día primaveral espectacular. Digamos que de repente debió subir la temperatura 10 grados pues pasamos de un día invernal puro a un auténtico día primaveral con un sol radiante.

Estábamos en clase de filosofía y nuestro peculiar profesor (omitiré su nombre para no dar datos personales) se le ocurrió la brillante idea de dar la clase fuera del aula por el buen tiempo que hacía y darla en la pequeña zona verde con césped que había justo al lado del aula. Por supuesto a todos nos encantó la idea. Al fin y al cabo éramos todos unos adolescentes atontados que cualquier cambio en las rígidas clases nos encantaban y motivaban, por lo que locos de contentos nos fuimos hacía allí y nos sentamos todos en el cesped con nuestros bolígrafos y apuntes empezando a darnos el sol en la cara lo cual fue una auténtica gozada tras un invierno tan duro y tan frío. Recuerdo esos rayos de sol como si me inyectaran vida. Fue una gozada. Pero el mayor cambio estaba por llegar. Algo que cambiaría mi vida para siempre y todo por esta ocurrencia del profesor de filosofía.

Y es que en ese preciso momento dándome los rayos de sol en la cara y proporcionándome ese calor después de tantos meses de frío me fijé en algo. Si soy sincero no sé muy bien cómo pasó, solo vi que Mamen por el calor se quitó el jersey verde oscuro que llevaba y se quedó con una camisa blanca a rayas. Me acuerdo quedarme petrificado mirándola con esa camisa. Es más, me acuerdo que me quedé con el cuello torcido mirándola en una posición rara pero es que durante unos segundos no pude apartar la vista de ella y sobre todo de los dos bultos que hacían sus tetas en esa camisa a rayas. Juro, y vuelvo a insistir en ello, que jamás antes me había fijado en ella. Jamás. No voy a echar la culpa a los rayos del sol o al tiempo primaveral de ese día de febrero pero solo sé que me quedé embobado mirándola y por primera vez en mi vida deseando tocarla las tetas. No sé cuanto tiempo estuvo así de perplejo y embobado mirándola, yo creo que nadie se dio cuenta, pero seguro que fueron más de 20 segundos y tras esos 20 segundos me costó volver a la realidad porque estaba como drogado por el impacto que me había producido.

Era todo tan raro. Conociendo de toda la vida a Mamen desde niño y llevando todo el curso estudiando juntos todas las tardes en su casa y nunca reparé en ella. Nunca. Y era la misma chica de siempre pero yo me enamoré completamente o me enchoché de ella en esos segundos que me quedé mirándola. No podía creerlo. Es que era como otra persona. Otra Mamen muy diferente a la que yo conocía de toda la vida. Solo sé que a mis 16 años jamás había tenido unas ganas más tremendas de tocar unas tetas. No eran ganas. Era pura necesidad. Un deseo brutal dentro de mí que sinceramente me sentí un poco cohibido, nervioso y tímido cuando me acerqué a su casa a estudiar esa tarde por cómo había cambiado mi percepción por ella en un solo día.

Cuando me abrió la puerta de su casa esa tarde casi me costó articular palabra. Sobre todo porque seguía con la camisa a rayas. Pensaba que a lo mejor se había vuelto a poner el jersey verde encima y eso aplacaría un poco mis deseos adolescentes de querer tocarla las tetas. Y es que estaba preciosa con esa camisa y mis hormonas revolucionadas como nunca antes en mi vida. Seguía habiendo un abismo entre los dos, esos dos años que nos separaban eran un abismo brutal de un niñato inmaduro atolondrado de 16 años y toda una mujer madura, seria y responsable de 18 años. Y esa tarde estuve más torpe, nervioso y errante que nunca. Y ella se acabó percatando de eso mi comportamiento no era nada habitual. Finalmente acabó preguntándome:

. ¿Te pasa algo? estás raro hoy.

Yo de repente me puse aún más nervioso y juro que ni entiendo porque dije lo que dije porque lo dije sin pensar y me salió impulsivamente.

. Es que nunca he tocado las tetas a una chica y me encantaría poder hacerlo. ¿me dejarías?

Por supuesto eso era mentira. Yo tenía 16 años y en las discotecas los sábados por la noche ya había tocado muchas tetas aunque siempre por encima de la ropa y además totalmente borracho tanto yo como las chicas. Pero me salió así esa frase ante Mamen la cual se quedó al principio un poco desconcertada, absorta y flipada. Pero pocos segundos después su cara cambió y me miró en un tono maternal cariñoso como si cuidase de mí (insisto, solo era dos años mayor que yo pero era 100 veces más madura y adulta que yo). Con esa mirada fraternal dijo:

. Está bien. Pero solo un poco.

Yo ni respondí a lo que me dijo. Directamente puse mi mano derecha sobre su teta izquierda por encima de la camisa y empecé a tocársela como un niño pequeño que descubre un juguete. Al principio se la toque lentamente con suavidad y timidez, pero antes de que me diera cuenta mi otra mano estaba en su otra teta y estaba tocándoselas descaradamente con mucho deseo e intensidad. Me encantaba ver como las rayas de su camisa se movían según se las tocaba. Me daba morbo fetichista eso. El recuerdo que tengo de ese momento es de puro placer como si fuese un juguete al que nunca antes había jugado. Insisto que ya había tocado en las discotecas tetas antes pero esta vez fue la primera vez que lo desee con toda mi alma, deseo y anhelo. Pude perfectamente estar más de 5 minutos tocándoselas como si la vida me fuese en ello y ella mirándome maternalmente con dulzura y comprensión como si aquello fuese lo más normal del mundo.

Finalmente me di cuenta que me estaba pasando mucho y al final paré y volvimos al estudio. Por supuesto durante todo el estudio estuve desconcentrado primero porque se formó una erección en mi entrepierna que no bajó nada durante la siguiente hora, yo quería que bajase porque además se notaba mucho el bulto en la entrepierna de mi pantalón pero no se bajó en ningún momento. Es más, yo creo que incluso acabó creciendo más, porque a pesar de estar en teoría estudiando y haciendo los deberes no dejaba de mirar a Mamen y sobre todo a la forma que hacían sus maravillosas tetas de 18 años en esa camisa blanca a rayas. Fue tal el deseo que acumulé (y disimulé) durante la hora que estuvimos estudiando en su habitación que hasta empecé a sentir dolor de lo mucho que me apretaba el vaquero a punto de reventar. Solo sé que cuando terminamos de estudiar le volví a soltar antes de irme para casa:

. ¿me dejas volver a tocártelas, por favor?

Ella me miró como riéndose de mi inocencia, ingenuidad y lo pánfilo que era aún a mis 16 años, supongo que despertaba en ella cierta ternura e instinto maternal que alguien como yo tan verde en todo tuviese esos impulsos. Ella cariñosamente asintió y de nuevo me lancé a tocárselas como antes pero incluso con más deseo que antes. Así otros 5 minutos (quizás más, no sé). Yo lo único que sabía es que cuando llegue a mi casa me costó bajarme los pantalones de la enorme erección descomunal que tenía y que la paja que me hice fue brutal echando yo creo que hasta medio litro de semen. Puede parecer muy exagerado pero puedo asegurar que todas las experiencias acumuladas con Mamen desde por la mañana hasta esa tarde habían producido en mí tal cantidad de deseo que fue la mejor paja de mi vida hasta ese momento en la que eché la mayor cantidad de semen de toda mi vida. Y no fue la única, pues antes de acostarme ese día me hice incluso otras tres pajas por Mamen. Fue bestial. Fue paradójico como 24 horas antes absolutamente nunca me había fijado en ella y ahora llevaba ya 4 pajas por ella y no podía dejar de pensar en ella y en sus tetas.

Esa noche no dejé de tener sueños eróticos con ella. Uno tras otro. Por supuesto que a mis 16 años ya había tenido muchos sueños eróticos mientras dormía pero probablemente no tan intensos y centrados en una sola chica. Mamen fue la protagonista absoluta de todo lo que soñé esa noche y cuando me levanté solo deseaba volver a quedar esa tarde para estudiar con ella.

Ya en clase en el instituto me di cuenta que la veía de otra forma. Estaba guapísima con un jersey negro de cuello alto y unos vaqueros. Ya no era esa persona mayor. Ya no era esa mujer tan diferente a mí y ya no veía que la diferencia de dos años entre nosotros fuese tan abismal. No voy a negar que tuve varias erecciones en clase mirándola y que solo pensaba el momento de quedar para estudiar en su casa.

Cuando quedamos ella se comportó como si no hubiera pasado nada el día anterior. Solo 24 horas antes la estaba tocando las tetas por encima de esa camisa a rayas y, por supuesto, yo no hacía más que pensar en repetir la misma operación con ese jersey negro, pero la vi tan seria, tan madura y tan adulta que nuevamente me sentí un crío a su lado y no saqué el tema. Por lo que tímidamente permanecí a su lado haciendo los deberes y estudiando y no saqué el tema pues estaba claro que a ella no le hacía ninguna gracia que lo sacase. Y, como no, a pesar de intentar concentrarme en el estudio tuve varias erecciones que me costó disimular en mi pantalón.

Solo cuando terminamos de estudiar y hacer los deberes y me levanté para irme a mi casa recopilé todo el valor para decirla:

¿me dejarías volver a tocarte las tetas, por favor?

Supongo, pues es algo que nunca pude certificar, que a sus ojos de chica madura de 18 años yo era un chaval inmaduro y pueril al que le tenía cierto cariño y que le resultaba entrañable mi inocencia e ingenuidad, pues sino no me explico como nuevamente me dejó que se las tocara por encima del jersey negro de cuello alto. Yo creo que me tiré más de 5 minutos tocándoselas y disfrutando de ese manoseo de tetas que tanto me excitaba. Tanto que ya me armé de valor y le dije:

¿me dejarías vértelas, porfa?

Yo noté en su expresión que no le hizo mucha gracia esa petición pero como para zanjar el tema y no darle más importancia se subió el jersey dejando a la vista su sujetador blanco. Yo por supuesto era el primer sujetador que veía en mi vida y me encantó ver sus tetas redonditas y mucho más grande de lo que pensaba ahí metidas en ese sujetador. Tanto que no reparé en mis actos y empecé a tocárselas por encima del sujetador con gran deseo y lujuria, y antes de que ella me apartase y me prohibiera seguir (pues intuía perfectamente que no le hacía eso nada de gracia) metí la mano por dentro de ese sujetador y se las toqué por dentro. Poco tiempo, quizás menos de 10 segundos, pero para mí fue una eternidad que me hizo muy feliz. Y fue tan poco tiempo pues como era previsible ella se molestó mucho, me apartó, se bajó el jersey y me pidió que me fuera.

A partir de ese momento ya se acabó todo lo bueno. Pues aunque seguimos quedando todas las tardes para hacer los deberes y estudiar nunca más volvío a pasar nada. Absolutamente nada. Ella me miró siempre muy severa y dominantemente dando a entender que veníamos solo a estudiar como amigos y vecinos. Solo eso. Y a me intimidó tanto su actitud que nunca más volví a sacar el tema y lo dejé pasar aunque sí que es cierto que desde entonces me hice centenares de pajas por ella por la frustración que me produjo no volver a poder tocárselas. Y esta claro que eso marcó mi adolescencia pues ahora 25 años después sigo pensando en ello y me sigo empalmando solo recordando todo lo que pasó.

Y como hecho anecdótico solo decir que a todas las novias que he tenido en todo este tiempo (y también a mi actual mujer) les he regalado en algún momento tanto una camisa blanca a rayas y un jersey de cuello alto. No sé si será fetichismo o no, pero sí que sé que cada vez que he tocado a todas esas novias así vestidas he disfrutado más de lo normal. Me pregunto si Mamen ahora, 25 años después, seguirá recordando como yo esos tocamientos aunque seguro que para ella no fueron tan memorables e impactantes como para mí.